TERCERA EDAD, ¡NO!
En noticias, anuncios y rótulos vemos, frecuentemente, la frase “tercera edad” para aludir a los adultos mayores.
Si nos empeñamos en formar grupos desde el nacimiento, según el tiempo que la persona lleve en este mundo, resulta obvio calificar como primera edad a los tres años iniciales de la vida, muy distintos de otras etapas, cuando todo es aprendizaje y el individuo, incapaz de cuidarse a sí mismo, necesita continua protección.
Después llega la niñez. Alcanza desde los tres o cuatro años hasta los doce. En este tiempo se adquieren conocimientos y habilidades para la vida; llega poco a poco el sentido de la responsabilidad y se forma el carácter.
Luego entramos en una muy específica fase: la adolescencia. El ser humano, desorientado por el crecimiento y los cambios hormonales, no sabe muy bien (ni él ni los que le rodean) si es niño o adulto. Se le considera pequeño para una serie de libertades, pero se le califica de grandullón cuando se muestra miedoso, juguetón, mimoso o imprudente. Esta edad, ambivalente y conflictiva, sería la tercera, que suele durar hasta los dieciséis o diecisiete años, según la madurez del individuo.
La juventud es la primera etapa de la edad adulta. Ha sido cantada e idealizada. Todas las pasiones están florecientes y el cuerpo muestra su vigor. Se puede fijar hasta los treinta y cinco años.
Continuadamente transcurre la edad adulta, no tendría por qué terminar a fecha fija, pero la jubilación define una situación, crea un tiempo nuevo. Se puede agrupar a estas personas, que sin la atadura del trabajo programan una forma de vida similar, y denominarlas jubiladas.
Más tarde, con la llegada de las incapacidades en mayor o menor grado, dependiendo de la salud, la cultura, la vida laboral, y las cualidades de cada persona, se podría definir una última etapa: los mayores. Me he perdido, ya no sé si sería la sexta o la séptima edad, que duraría hasta el final de la vida.
El cursi eufemismo de “tercera edad”, que nació y se extendió en los años setenta del pasado siglo, perdura aún incomprensiblemente en algunos documentos de la Administración. Es una forma edulcorada de llamar a los viejos para que no se sientan ofendidos, pero creo que resulta profundamente discriminatoria. En el comercio los artículos se definen como de primera, segunda o tercera según su calidad y diseño; tercera clase ha sido siempre en los transportes la zona con los asientos más estrechos e incómodos; tercero se llama al mundo formado por los países de la tierra menos representativos, por su pobreza e incultura.
El necio que inventó este calificativo de “tercera edad” es probable que se dejara llevar por el subconsciente, ya que, en nuestra sociedad, son muchos los que consideran a las personas mayores como ciudadanos de tercera.