La relación médico-enfermo
Supongo que he sido elegida para expresar el punto de vista de los enfermos, dada mi edad provecta y mi historial, que hubiera bastado para hacer rentable un centro médico. Quiero felicitar los intentos de mejorar la relación médico - enfermo que, en la realidad, es bastante mejor de lo que aparece en los chistes. La figura del médico de atención primaria, que se puede elegir y cambiar libremente, facilita un mejor trato entre ambos. El galeno que alguna vez habrá sido enfermo, ¡digo yo!, conoce el estado de la persona que tiene ante sí. El dolor, el miedo, las molestias y las preocupaciones por un posible cambio traumático de vida, le hacen vulnerable y desarrolla mecanismos de auto defensa. El médico tiene que ser cuidadoso para no herir a quien ya viene herido. Con respeto y comprensión por las dos partes, todo puede ir bien Es fácil reconocer lo que agrada a un paciente: Ante todo le gusta que le llamen por su nombre, sé que ahora esto se cuida mucho; y demostrar que se le reconoce. Porque, si después de varias visitas, al entrar, el médico le dice, sin mirarle: “Recuérdeme como se llama y qué le pasa”, al paciente le dan ganas de responderle que, como es mayor y ha estado una hora en la sala de espera, el doctor debe recordarle primero, si es dermatólogo, cardiólogo o traumatólogo, porque tiene hora pedida en los tres. Escucharles. A los enfermos les agrada que les escuchen con atención (a los sanos también). Escuchar es muy importante. Si ven al médico distraído, ausente, lejano, mientras le hablan, pierden mucha confianza en él. Ya sé que algunos pacientes viven solos y están deseando contar su vida y milagros, no es cosa de acrecentarles la verborrea, pero a lo mejor entre la paja del charlatán, hay una aguja que interesa humana o científicamente. Y hablemos de lo que molesta al enfermo. Es frecuente que el doctor envuelva celosamente sus conocimientos en el críptico lenguaje profesional, esto le concede la autoridad del hechicero. Pero al enfermo le molesta que el médico, se suba a un estrado y le mire como a una hormiga. Si la paciente dice que tiene una cistitis, y el urólogo afirma: “Eso lo tendré que decir yo”, la señora, que lo ha padecido varias veces y lo identifica fácilmente, seguro que se siente incómoda. Cuando después del reconocimiento, el médico dictamina enfáticamente que sí, es cistitis, ella puede sentir ganas malignas de contestar que, ahora, empieza a dudarlo. Temo que así no comienza una amistad. Ni es buena táctica poner al enfermo en su sitio humillándole por su ignorancia: Por ejemplo: En una urgencia la señora asegura que tiene un dolor en el epigastrio. Preguntar desabridamente: “A qué le llama usted epigastrio,” solo sirve para retrasar el diagnóstico. No era pedantería, la buena mujer, había sufrido una hernia de hiato sangrante, y se familiarizó con el término. También desagrada mucho ese médico que tiende a culpar de todo a los nervios, especialmente si es una mujer de determinada edad: (“Esta está menopáusica perdida”) Puede ir muy nerviosa a la consulta por problemas familiares o de trabajo y tener un quiste sinovial. Una vez, al entrar en la habitación un médico del 112, la enferma le dice que cree tener un infarto. Contestación: “Señora, usted lo que está es muy nerviosa” ¡Y sí, era infarto! ¡Claro que estaba nerviosa! O cuando la madre muy joven llega con su bebé malito en brazos y oye lo primero al pediatra: “Ahora vemos al niño, pero cálmese, que está usted histérica” Histérica suena a insulto en los oídos de una preocupada mamá primeriza. Ustedes lo saben muy bien: es preciso extremar el respeto y la delicadeza. Muchos enfermos al salir de la consulta hablan muy mal del médico, para resarcirse de la humillación de haber enseñado sus partes pudendas (el culo y los etcéteras). Ortega dijo que yo era yo y mi circunstancia, pues en un hospital, o en algunas pruebas diagnósticas, mi circunstancia va fuera. Queda medio yo. En una UCI, sólo, desnudo, mirando al techo, con más vías que la estación de Chamartín, mientras oye la sospechosa alarma del monitor, y sitiado por lúgubres pensamientos, el enfermo, tanto como la medicación, necesita sentir el respeto a su dignidad, para seguir siendo persona. Para terminar quiero declarar mi admiración por esa profesión, que ha sido la de mis abuelos, llena de sacrificios, mal pagada, rutinaria tantas veces y que requiere mucha paciencia cuando se tropieza con el enfermo insoportable. Por ejemplo: El listillo que lo ha visto todo en Google; el chulito contestón que no se deja guiar; la señora de edad que identifica el medicamento por el color y el tamaño; el que desecha lo recetado y pide a la vecina un remedio milagroso; el hipocondríaco; el que tiene más fe en el curandero; el sucio, cochino; el que no deja el alcohol o el tabaco y se queja; y los muy beatos que, cuando se curan, dan gracias al Santo, pero si algo va mal, insultan al médico. A pesar de lo dura que es esta profesión, no deben olvidar nunca que la han elegido libremente, ¡ustedes sabrán por qué!; en cambio el paciente no ha querido su situación, aunque haya descuidado su salud, porque NO EXISTE EL ENFERMO VOCACIONAL.