El cante flamenco, un arte para entendidos

Dicen que el flamenco está en alza. No lo sé. En distintos momentos de mi vida he oído decir eso mismo. Tal vez esté ahora sometido a cambios e influencias que no experimentó en otras épocas, y de ahí esa creencia. Pero yo siempre, desde que en mi adolescencia comencé a interesarme por esta singular modalidad de nuestro folclore, observé que muchos intelectuales de prestigio se interesaban seriamente por tan apasionante y apasionada manifestación cultural.

Ramón Solís, Caballero Bonald, Félix Grande, Manuel Barrios, José Mercado, el poeta Manuel Ríos Ruiz… por citar a los que de repente me vienen a la memoria han realizado y realizan una meritoria labor de divulgación. Y un gran cineasta, Carlos Saura, en su película Flamenco, ahonda con intencionalidad  en las profundidades del canto y del baile jondos. Es tal la fuerza, amplitud y autenticidad con que lo hace, que Flamenco ha marcado un hito en muchos aspectos. Especialmente en la divulgación de una forma de expresión respecto de la que se ha discutido mucho sobre su carácter genuinamente popular.

Abundantes testimonios de estas dudas podemos encontrarlos en todas las épocas. Uno de ellos es el lamento de un escritor malagueño, José Carlos de Luna, que en el primer cuarto del siglo pasado se preguntaba:  “¿Por qué va a ser el cante patrimonio de profesionales del tablao, de toreros de rompe y rasga, de señoritos troneras?” Y añadía: “Siempre que se habló del cante se añadió, despectivamente, el sobrenombre de flamenco. Y cuando de él se escribió se le miró a través de una nube de humazo y vaharadas de manzanilla; se le desenvolvió entre una chusma de rufianes y mujerzuelas manoseadas, en juergas, de las que destaca un prócer marchoso y achulado, que era su mantenedor, y un inglés flemático, sistemáticamente enamorado de una bailora”.

Esta imagen de los flamencos, justo es reconocerlo, se ha prolongado hasta nuestros días. El disco, la radio, la televisión, los festivales, el cine, han ayudado mucho a popularizar un género al que a finales del siglo pasado se les negaba este carácter popular: “Los cantantes flamencos –escribía en 1881 Demófilo (don Antonio Machado y Álvarez, el padre de los Machado)- constituyen un género poético, predominantemente lírico, que es, a nuestro juicio, el menos popular de todos los llamados populares. Es un género propio de cantadores: quien tuviera medios y virtud para poder vivir entre estos algún tiempo, podía poner al pie de cada copla el autor de ella, y entonces se vería que unas, por ejemplo, eran de Tío Perico Mariano,  otra del Fillo,  y otras de Juanelo…etcétera. El pueblo, a excepción de los cantadores y aficionados, a que llamaríamos dilettanti si se tratara de ópera, desconoce estas coplas; no saben cantarlas, y muchas de ellas ni aún las ha escuchado”.

¿Varía mucho esta situación más de cien años después? Yo creo que no. En lo que se refiere a la poesía, música y baile populares andaluces, hay según determinaba el gran folklorista Rodríguez Marín, dos muy diferentes pueblos en Andalucía. Uno común en toda ella; y el otro concéntrico, mucho más reducido. El uno, el netamente andaluz; el otro, el gitano y flamenco. Fue este “pequeño mundo” el que conseguiría ir ensanchando en Andalucía, “con desdichada habilidad”, los afanes de medrar a costa del turismo; y en las tertulias tabernarias concurrían, según el citado Rodríguez Marín, “ya al amor del puro arte gitano, ya al sabor del buen vinillo, o ya, en fin, al olor de alguna gitanilla bailaora o cantaora,  gente de coleta, siempre enamoradiza y rumbosa, y algunos señoritos marchosos y jaques; unos y otros pagaban las rueas o combiás  durante la sesión artístico-vinosa”.

Y a tales toreros y señoritos, aún a los mismos gitanos, comenzaron a llamar flamencos, y no porque conocieran de Flandes más que el queso y la mantequilla, sino porque “vestidos con chaquetillas cortas, altos y quebrados de cintura, piernicernidos y nalguisacados, eran propia y pintiparadamente la vera efigies del ave palmípeda de ese nombre”.

El vuelo del flamenco –del cante, no del ave-, que arranca de la taberna –de ahí, sin duda, la mala imagen de la que se lamentaba José Carlos de Luna- está lleno de vicisitudes. Los diletantes y aficionados a la juerga hicieron sus pinitos, se sueltan a cantar ellos también, y por no ser de la pura cepa cañí,  andaluzaban  el cante gitano, dando lugar a la postre que todo ello se llamara flamenco, en dos variantes: calorrí o gachorrí;  es decir, según se inclinaba más al uso y manera de los gitanos o de los celtibéricos, a los que los gitanos llaman, despectivamente, payos.

Pero todo esto es también pura diletancia sobre el conocimiento de los cantes flamencos, sobre cuya materia se alza el supremo magisterio de este gran poeta y escritor de Mérida que es Félix Grande.